Sea previsor
«Sea previsor y afronte la muerte con madurez, sin excusas, como hizo con las decisiones más importantes de su vida». Así rezaba la llamada publicitaria de un cementerio privado.
Sólo la perplejidad me llevó de vuelta a esta columna, convertida de repente en un blog gracias a la insistencia y a la magia virtual de mi amigo Diego O, quien llevaba un tiempo diciéndome que «uno ya no es nadie en este mundo si no cuelga su cuaderno de bitácora en la gran y ancha red de redes». Como estaba diciendo, tuve que recurrir a mi particular tabla de salvación como suelo hacer siempre en casos críticos y de profunda reflexión o en casos extremadamente esquizoides como el que me embargó después de leer tan macabra publicidad.
La muerte decorada con bellos paisajes puede ser un lujo al alcance de cualquier mortal. Un morboso capricho al que destinar suculentos ahorros y esfuerzos en vida. Otro fondo más de inversión a largo plazo (o corto, ¿quién sabe?), que a diferencia de los planes de pensiones —nunca se sabe qué pasará con la caja de la Seguridad Social—, sólo podrá ser recuperado en caso de fallecimiento. Aunque, realmente lo que más me preocupa es, si esta costosa y paradisíaca solución a la muerte se pone de moda, ¿quién me asegura que los cementerios municipales no desaparecerán en el futuro? ¿Qué harán todos los que como yo —pobres ilusos— seguimos pensando en lo público por encima de todas las cosas?
Ante la furia privatizadora que nos invade, unida al descrédito que están sufriendo los servicios públicos y los derechos fundamentales como la educación, con FAPAS subvencionadas por el gobierno autonómico y con la promoción de la enseñanza católica; como la sanidad, con hospitales novísimos de gestión privada y largas listas de espera, o como los medios de comunicación, que ajustan contenidos y plantillas laborales aplicando desde el alto mando del Partido Popular censura y juicios ideológicos sumarísimos, uno se pregunta si la muerte no será también privatizada. Llegado ese fatídico momento de furor privatizador que tan buenos rendimientos económicos proporciona a los liberales de la especulación no tendremos dónde caernos muertos.
Mientras en la India siguen arrojando los cadáveres a los ríos sagrados o algunas tribus africanas queman a sus difuntos, Occidente mira hacia el Egipto de los faraones e intenta dotar de esplendor y grandeza el último acto de la vida. Una parcela con vistas a la montaña o al mar frente a las fosas comunes y anónimas que todavía persisten en la geografía española o las que siguen cavándose en numerosos rincones del planeta. Una casita de campo-mausoleo rodeada de sauces llorones y palmeras de diseño para el descanso eterno. Mientras tanto, los moradores del primer mundo con sus responsables políticos a la cabeza son incapaces de destinar el 0.7 de sus holgados PIB’s a los terceros y cuartos míseros mundos cuyos inquilinos no saben dónde caerse muertos.
Siempre me ha parecido una carga más liviana y bastante menos ostentosa llevar en la cartera o en el teléfono móvil las fotos de mis difuntos más queridos sin tener que preocuparme por la hipoteca de la última vivienda (si no me llega para hacer frente a la primera) y dejando las vistas al mar para las vacaciones del próximo verano.



Me encantaría recuperar la memoria republicana de mi abuelo.