Recuerdos sin memoria
Lorenzo Galiana Gallach acaba de publicar su segunda novela en la Editorial Obrabierta. 
«Recuerdos sin memoria nos adelanta un mundo nublado por el olvido, por la falta de memoria en la que se ve envuelto su padre víctima del Alzheimer.
Él es el eje constructor de todos los recuerdos y de toda la historia. Una historia que se escribe con nombres y apellidos, con situaciones reales vividas con la intensidad que proporciona la lucha titánica de la propia vida. Una vida llena de experiencia y esfuerzo, de contrariedad y victoria, de amigos y enemigos que han permanecido juntos creando el presente y forjando el futuro.
Esta mágica conducta es la que nos lleva a disfrutar en Recuerdos sin Memoria de un legado escrito en primera persona que se ha convertido en las páginas precisas de nuestra reciente historia.»
«Lorenzo Galiana Galiana es el gran personaje de esta apasionante novela llena de vida propia. La historia marca los recuerdos reales de toda la experiencia acumulada por el trabajo de los años, por la lucha y el esfuerzo. Estas páginas escritas con la mayor rigurosidad y veracidad nos muestran la reciente historia vista desde la perspectiva de un hombre que con su acostumbrada valentía se enfrentó a su última gran aventura: vencer al Alzheimer.»
PRÓLOGO
Fuerte como Hércules o Cassius Clay
Insiste mi querido hermano Lorenzo en que escriba un prólogo al libro de memorias sobre nuestro padre.
Vuelve a insistir una vez más en una soleada mañana de domingo y no sé qué excusa ponerle hoy porque, la pura verdad, no encuentro el momento adecuado ni las fuerzas necesarias para revivir tantos y tantos recuerdos y enfrentarme nuevamente a las últimas horas de agonía y de despedida de Lorenzo Galiana.
Parece que no vaya a llegar nunca la ausencia de un padre o de una madre. Parece que siempre les ocurre a otros, pero acaba sucediéndote. Piensas que ellos son fuertes e indestructibles, que no te van a dejar nunca y que te acompañarán siempre.
Intento, y no sin esfuerzo, emocionarme ante la gravedad de tu estado y no lo consigo. Tal vez sea porque él ya no está conmigo desde hace tiempo. Han pasado muchos meses desde que dejaste de ser tú. Tus ausencias, cada vez más prolongadas, nos han inmunizado a todos ante el vacío de tu muerte, ante la ausencia definitiva. Hace tiempo que ya no conversamos, que dejamos de discutir y de escuchar tus consejos y tus rudas réplicas sobre cualquier asunto por trivial que fuese.
Hace una maldita eternidad.
Después de leer las páginas de tu libro, de reír con algunas de las anécdotas e historias escuchadas miles de veces desde que tengo uso de razón y de contener a duras penas las lágrimas que provocan el recuerdo de algunos protagonistas, entrañables e imprescindibles personajes que me han acompañado a lo largo de mi vida, no consigo verte.
Punta Umbría (Huelva)
Miércoles, 15 de abril de 2004
Pienso en ti. Te prometo que estoy intentado concentrar todo mi ser en ti y me cuesta reunir toda la emoción, todo mi sentimiento en torno a ti. Imagino que esto es lo que sucede con las muertes anunciadas durante tanto tiempo, que cuando se producen de verdad, uno ya había digerido el hecho con moderación y en amargos sorbos. Los músicos dicen que los ensayos son imprescindibles porque proporcionan firmeza y seguridad el día del concierto.
No trato de justificar mi insensibilidad. Tan sólo procuro entender mis emociones, si es que las emociones son materia cognoscible y sometida a la lógica de la razón. La emoción siempre surge por sorpresa cuando la razón se ha retirado a descansar. La emoción es ese caballo salvaje al que no se le han puesto las bridas del intelecto.
Mientras conduzco de noche en este regreso precipitado de las vacaciones primaverales en una playa de Huelva, en compañía de Julia y de nuestra pequeña Carla, sólo pienso en ti, en verte por última vez, en despedirme. Pienso en ti, pero cuando todavía eras tú, en tu fortaleza física, en tu carácter bronco y a la vez dulce y cariñoso.
Son tantas escenas las que suben a mi memoria mientras conduzco que apenas sí tengo tiempo de visionarlas con claridad. En esta película proyectada a un paso más rápido que de costumbre se agitan, se agolpan y entrechocan sin solución de continuidad, los recuerdos más lejanos con los más recientes. Este ejercicio libre y desbocado de la memoria me mantiene despierto durante todo el trayecto y humedece mis ojos de vez en cuando.
Hospital General de Valencia
Jueves, 16 de abril de 2004
Te vas poco a poco, como estuviste haciéndolo en los últimos años. Tus últimas respiraciones proceden aún de un cuerpo fuerte, acostumbrado a sobrevivir, más que de una voluntad pegada a la vida. Hace años que habías perdido todo interés. Parecía que tus grandes misiones hubiesen sido cumplidas con éxito y nada más quedase por hacer en este mundo.
La escuela del hambre, de la que fuiste alumno aventajado, especializa en el trabajo duro como fuente inagotable de dicha. La otra misión fue crear una familia y sacarla adelante con esfuerzo y gran generosidad, así como con algún que otro lujo.
La escuela del hambre y de la guerra hincó duramente sus colmillos en ti. Sin familia —huérfano durante toda la contienda fraticida— y sin apenas recursos, tan sólo la misericordia de unos tíos y primos. No era de extrañar que fijases tus objetivos vitales en conseguir todo aquello que no tuviste: un hogar, una compañera, unos hijos, un trabajo y unos recursos económicos suficientes.
Todo ello a partir de la nada más absoluta.
¡Coño! Qué vida más sacrificada y más generosa al mismo tiempo, para morir como un perro (panza arriba y con las tripas afuera, aullando de dolor). Vaya recompensa, como dijo Cesare Pavese en su «oficio de vivir».
Hospital General de Valencia
Viernes, 17 de abril de 2004
Te vas poco a poco. En silencio. Sin apenas quejarte. Todo lo que tenías que hacer ya lo hiciste. Trabajaste con tenacidad, poniendo a prueba una capacidad de sacrificio y un tesón de proporciones bíblicas. Organizaste un hogar, un gran hogar. Creaste una familia y mostraste hasta el final una lealtad inmensa a todos los tuyos.
Es razonable pensar que hacia el final de tu vida, puesto que los objetivos habían sido alcanzados y no quedaban más misiones que cumplir, fuera disminuyendo paulatinamente tu interés por seguir luchando.
Te vas poco a poco, en lenta agonía. Pero ya te estabas yendo hacía meses. En tu vuelta hacia atrás, hacia los orígenes, provocada por el terrible Alzheimer, fueron mermando tus capacidades y tu gran potencia vital hasta alcanzar el estado más vulnerable de desprotección y miedo que nunca jamás hubiéramos imaginado quienes te conocimos bien. Fue abandonándote la seguridad en ti mismo. Renunciaste a seguir conduciendo. Te fueron abandonando el habla y la escritura. Más tarde, el pensamiento. Y, por último, el conocimiento.
Nos has ido dejando poco a poco en una larga y angustiosa despedida. Asistimos encogidos a tu lenta agonía.
Respira con dificultad quien era fuerte como Hércules o Cassius Clay. Sus manos están todavía calientes e invitan acogedoras como cuando me abrazaban de niño. En sus brazos, sentados en el balancín del salón y frente al televisor, me sentía protegido, seguro. Sus manos, siempre cálidas, eran como el castillo fortificado del rey Arturo o el Fort Apache, de John Ford, que me ponían a salvo de cualquier peligro o amenaza externa.
Las manos convertidas en símbolo, en icono de poder, de destreza, de habilidad, de expresividad y extremidad.
Sus manos encerraban toda la sabiduría del hombre luchador. Fueron responsables de placer y también de infligir dolor. Proporcionaron calor, amistad y amor. Mostraron el éxito y el fracaso.
Siempre me impresionaron tus manos. Era toda la seguridad del mundo depositada en ellas. Todo el poder en unas manos en consonancia con un cuerpo poderoso y apolíneo.
Hermano, no guardo en mi memoria una gran historia ni una gran aventura protagonizada por nuestro padre que tú no hayas contado ya en este libro, pero sí un montón de pequeñas y cotidianas vivencias y experiencias. Con el paso de los años ahora estoy plenamente convencido de que esa cotidianidad constituye la gran aventura de haber conocido y amado a mi padre.
Su magisterio fue vital, modélico, intuitivo, generoso y fundamentalmente subliminal.
A su instinto de supervivencia había que sumar el de superación. Ambos instintos eran hijos de su marcado carácter autosuficiente.
Es la esencia fundamental del hombre libre. El hombre que se sabe solo y que debe cuidar de sí mismo y de los suyos.
En ese leve e imperceptible, pero constante traspaso de saberes y experiencias entre él y nosotros, sus hijos, se encuentran no sólo los principios teóricos y vitales (que más tarde seremos capaces de descodificar y en muchos casos aplicar) sino las herramientas y útiles sociales, habilidades en definitiva, que nos ayudan a comprender y a disfrutar este mundo.
Te fuiste hace unas horas y tu cuerpo ha comenzado a perder el calor, el color y ya permaneces inerte como el látex.
Ahora somos uno menos.
Gracias papá y a ti, hermano, por insistir en este duro, pero satisfactorio ejercicio, de reconstruir la memoria de nuestro querido padre, nuestra memoria.
Josep Lluís Galiana Gallach



Le he hecho leer a mi madre toda esta entrada.Es muy bonito.
Ellos siempre permanencen vivos en el corazón de uno.
Es cierto…nuestra imagen de los padres…es como si ellos fueran eternos;A mi madre le gustaría adquirir este libro y si por favor me pudieras indicar donde,para que lo podamos comprar y tener un recuerdo del tío Lorenzo.Gracias y de nuevo un cordial saludo.
I.Galiana