Memorias de un albañil de pueblo. Lecturas para mano de obra sin bachiller


Juan Mateu el Royo me brindó la oportunidad de presentar sus memorias hace ahora una década. Memorias cercanas algunas de ellas por mi doble condición de pedralbino y buen amigo del autor (siempre he querido contarme entre uno de esos “dos mil amigos que aún le quedaban entre España y Francia”). Aquella tarde del 4 de abril de 2000, en la librería Babel, de Castelló de la Plana, que sigue dirigiendo con envidiable brío intelectual el buen amigo Xipey, no fue mi intención llevar a cabo una crítica literaria profunda durante mi breve parlamento (esa tarea la dejo en manos de los expertos) sino más bien una labor de identificación con lo contado por Juan Mateu en su libro y una modesta valoración del resultado narrativo.

000404.Juan Mateu en Babel

En los pueblos pequeños como Pedralba, tal vez no tan pequeño como el de Lluís Llach que “quan el sol s’en va a dormir; mai no està prou segur d’haver-lo vist”, la memoria de sus gentes es un valor de gran trascendencia, que no sólo es tenido en cuenta sino que es, además, respetado y admirado. La palabra de los mayores del lugar todavía es escuchada y en ocasiones venerada. O eso pasaba cuando no era más que un adolescente precoz, ávido de conocimientos. Aún recuerdo, sin nostalgia, las reuniones y las actividades que se organizaban en la Asamblea democrática, una universidad para muchos pedralbinos y en la que Juan formaba parte de su claustro de profesores junto a los confituras, bessós, calduchs, caleros, bateras y tantos otros que ejercieron en ella su magisterio.

Inmersos en la revolución digital de la información y la comunicación, la tradición oral mantiene su pulso con la escritura. El intercambio verbal en la plaza de Pedralba —auténtica ágora griega—, las prolongadas tertulias veraniegas “a la fresca” y las charlas en los bares así lo corroboran. El pedralbino disfruta de muchos momentos al cabo del día para dialogar con sus vecinos y recordar viejos episodios de sus vidas y sobre todo de las ajenas. Al mismo tiempo, el secular desapego a la lectura abona todavía más si cabe el deleite por la verbosidad y el chismorreo como apuntó Juan en su libro.

Con la publicación de sus memorias, Juan el Royo faltó a este imprescindible principio de convivencia y saludable traspaso de sabiduría e información que es la transmisión oral. Y no lo tomen como un reproche, pues estoy convencido de que esos buenos momentos de conversación al raso o en el entorno de la plaza y adyacentes no se vieron amenazados por esta publicación. De lo que sí estoy seguro, y me remito a las reflexiones volcadas por el filósofo Emilio Lledó en su ensayo El surco de la memoria, es que la escritura es el principio del olvido y de la desmemoria. Sólo la tradición oral —de la que nuestro escritor, labrador, albañil, casado, con hijos y nietos y ahora difunto fue un ameno conversador y un excelente contador de historias— mantiene viva la memoria de nuestros pueblos y de las gentes que los moran.

Las memorias de Juan el Royo, más allá de dar a conocer algunas de sus vivencias personales, puso negro sobre blanco buena parte de la más reciente memoria colectiva de Pedralba. Una memoria marcada por grandes acontecimientos históricos y por otros hechos no tan grandes, pero mucho más cotidianos, cercanos y no adscritos a un territorio concreto.

La escritura de Juan era directa y viva, a veces socarrona y ácida; otras, tierna, expresiva y de emoción contenida. Salpimentada de mil y una anécdotas, el libro de Juan es más parecido a una colección de relatos cortos, de breves episodios aislados, que a una narración, aunque consigue relatar una historia compacta y unitaria. La agilidad con la que se desenvuelve el discurso narrativo permite una lectura rápida y gratificante. Las Memorias de un albañil de pueblo fueron escritas desde la honestidad y la sinceridad de aquel que, desde la sabiduría adquirida gracias a la sedimentación de experiencias vitales y literarias, busca la paz interior y el reencuentro con sus ancestros y con todos aquellos árboles caídos tras una larga existencia. También, ¿por qué no?, buscó satisfacer la vanidad que todos llevamos dentro: ¿qué es todo ejercicio literario autobiográfico —y todos los son en mayor o menor proporción— sino un acto de vanidad y narcisismo?

Juan el Royo no tuvo reparos y escribió sin pudor sobre episodios íntimos, algunos inconfesables, e incluso escabrosos que no todo el mundo hubiera estado dispuesto a airear y mucho menos de esa forma abierta y desinhibida. Juan se desnudó llevando a cabo una higiénica terapia de lavado interior en la que el diván es reemplazado por la dura y poco ergonómica silla de una sala de espera hospitalaria, mientras su hija Corín alumbraba a su primer nieto, Manuel. Tal vez, la llegada de un nuevo ser a este mundo es razón suficiente y necesaria para iniciar un viaje hacia las profundidades de uno mismo y pensar en legar algo de provecho al nuevo retoño. “Que nadie te cuente quién era tu abuelo, yo ya te lo dejo escrito”.

Desde la legitimidad y la responsabilidad, Juan narró las “cosas que (le) pasaron”, quizás no exactamente como ocurrieron, “pero sí cómo las recuerda”. Juan no pretendió sentar cátedra en el noble oficio de la escritura ni meterse en honduras filosóficas sobre el destino de los seres humanos ni mucho menos pasar cuentas a nadie. No es resignación ni claudicación. La vida había que cogerla por los cuernos siempre que se dejara y tampoco sirven los arrepentimientos. Lo hecho, hecho está. Juan sólo pretendió ser un actor más en este teatro que es la vida.

Ah! El teatro. Esa gran pasión que recorrió las venas de Juan Mateu desde su temprana juventud y que le llevó al arte de la dramaturgia ora desde el escritorio, cambiando la paleta por la pluma, ora desde el escenario, andamio metamorfoseado en tablas de interpretación, como actor esporádico de sus propias tragicomedias.

Es precisamente ese amor al teatro el que procura agilidad y frescura a su escritura. Juan conocía bien los resortes dramáticos como la inteligente y eficaz utilización del diálogo que salpica el libro generosamente. En especial el del capítulo dedicado a sus “colegas”, esa cuadrilla de albañilería que durante décadas comandó con Pedro Calderón de la Albarca o Federico Grandembalde entre sus filas. Personajes pintorescos donde los haya, como si hijos literarios de un Cervantes o un Valle Inclán se tratasen, entablan un diálogo me atrevería a calificar de genialmente divertido.

Estos frescos henchidos de humanidad, bajorrelieves entresacados de una cotidianidad en la que aparentemente nada ocurre, de la apacible vida de un imperturbable pueblo, son los que alejan el libro de Juan del género autobiográfico para situarlo más cerca de la novela picaresca o del sainete. Sin olvidar que todo ello queda contextualizado en la II República, en la fratricida contienda civil, en la interminable y asesina dictadura franquista, en el exilio liberador y en la llegada de la democracia. Décadas de negrura insondable, de hambrunas, pero también de lucha y esperanza que marcaron irremediablemente a nuestro protagonista para siempre. La falta de libertad, la represión sexual y la opresión oligárquica constituyen importantes ejes alrededor de los cuales giran las memorias de Juan Mateu.

Otros relatos como el de La gallina recuerdan, en efecto, “una película italiana neorrealista y cutre”. Con el juicio por la gallina violada y muerta, Juan reescribió su particular Amarcord felliniano, repleto de amores platónicos, de deseos insatisfechos, de mujeres voluptuosas e inalcanzables, pero que colmaron de sentido toda una vida de asignaturas pendientes y experiencias vividas en la gran pantalla de cine del Frontón. Historias como El huerto, Carmela o La muela de oro, donde erotismo y crueldad, cogidos de la mano, se dan cita en la narración, convirtiendo a Juan Mateu en un escritor de amplios y variados registros literarios: de la novela histórica a la erótica; del drama a la sátira…

Muchas veces animé a aquel joven —de espíritu, que es lo que importa a fin de cuentas— “escritor autodidacta y aficionado”, así le gustaba definirse con modestia, a que no dejara secar la tinta de su pluma y siguiera escribiendo no sólo nuevos episodios extraídos de la mina alojada en su portentosa memoria sino que, desde la ficción, nos sorprendiera con nuevas y refrescantes historias, a veces exageradas, pero reales como la vida misma.

Así era Juan el Royo o así me lo pareció.

© Josep Lluís Galiana Gallach, 2010


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