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“El público no tiene gusto”

Con motivo de la reposición de Pélleas et Mélisande en 1914, Claude Debussy declaró en una entrevista realizada por el crítico musical Maurice Montabré que “El público no tiene gusto. Nunca lo tendrá”. Han transcurrido cien años y no parece que esta dura afirmación vaya a perder su vigencia.

Los usos y costumbres, los hábitos culturales y de consumo han sufrido una transformación ciertamente espectacular. Nadie hubiera imaginado, ni el propio Debussy, que el público y su gusto musical iban a derivar hacia la depauperación y el aburrimiento, hacia la más absoluta autocomplacencia y la monotonía del repertorio. Siempre el repertorio. No son estados nada artísticos ni creativos, más bien nos encontramos ante un arte en diferido o un arte ya consumado y consumido millones de veces. En la actualidad no existe ni un sólo atisbo de curiosidad entre los públicos. La necesidad de escuchar algo diferente, de dejarse sorprender, de ponerse a prueba, de analizar o reflexionar sobre nuevas propuestas sonoras ha sido cercenada en aras de la comodidad y la seguridad de programar temporada tras temporada cuatro o cinco mozarts, tres beethoven, un par de bramhs, berlioz, liszt, mahler, bruckner, unos cuantos chaikovskis y algún que otro falla, ravel, stravinski, poulenc o bartók en el mejor de los casos.

Las programaciones de auditorios y palacios de la música, convertidos en museos del ancien régime, apenas dejan margen para la actualidad musical, la nueva creación y la experimentación sonoras. Desgraciadamente estas últimas ni se contemplan y no existen para la inmensa mayoría de los gestores culturales, programadores, concejales, consejeros y ministros del ramo. Tampoco para las televisiones y emisoras de radio, siempre más atentas a la tonadilla y el folclore rancio.

Todo esto me trae a la memoria unas sabias palabras de Confucio: «¿Queremos saber si un reino está bien gobernado, si las costumbres de sus habitantes son buenas o malas? Examinemos la música vigente. Se debe considerar la música como uno de los primeros elementos de la educación y su pérdida o su corrupción es la señal más acabada de la decadencia de los imperios.» Es evidente que el Reino de España no es un imperio, pero sí el hecho de que está mal gobernado y en franca decadencia dadas las cifras alarmantes de desocupación, de corrupción y de malestar social. También es evidente que la música no ocupa el lugar que le corresponde: el gobierno popular dice que sobran más de 20.000 profesores y desde la aprobación de la nueva ley educativa la música ocupa el último lugar en el sistema de enseñanza. Aplicar el máximo porcentaje de IVA a la cultura no es más que otro gesto de desprecio hacia el arte, la sensibilidad, la creatividad y la imaginación de todo un pueblo.Es patente y notorio que a este gobierno no le gusta la música, ni la poesía, ni el teatro, ni el cine, ni la danza, ni la literatura… Sólo muestra interés por el dinero. Por eso no piensa subir los impuestos a las rentas del capital, ni a los chiringuitos financieros y las grandes fortunas, ni tampoco a su gran aliada, la iglesia católica.

No obstante, una buena noticia ha convulsionado el mundo de la cultura en las últimas semanas. El consejo de ministros ha decidido que el mercado del arte necesitaba un estímulo fiscal y un apoyo especial, porque seguramente piensa que se trata de un sector estratégico para la economía española y porque produce objetos de primera necesidad para una sociedad opulenta y con buen gusto. Nada más lejos de la realidad si vemos como la sociedad española vive desesperanzada ante un futuro sin expectativas, en la que muchas familias no pueden hacer frente a la factura de la electricidad y ya se cuentan por miles las que han sido desahuciadas. Al actual gobierno no le ha temblado el pulso y ha evidenciado cuáles son sus prioridades al anteponer los intereses del mercado del arte a los de la industria cultural. En el primero se mueve mucho dinero (no siempre limpio) y está respaldado por un colectivo poco conflictivo políticamente (más bien complaciente con las élites adineradas que necesitan invertir sus excedentes en obras de arte susceptibles de futuras revalorizaciones), mientras que la segunda incomoda por sus contenidos (no siempre del gusto de quien administra los fondos públicos) y por su independencia intelectual. No está en mi ánimo buscar el enfrentamiento entre creadores o sectores artísticos, pero el retroceso que está sufriendo la cultura, en general, y la música, en particular, no tiene precedentes.

Las artes plásticas son al resto de manifestaciones artísticas lo que la energía nuclear es a las energías renovables. Mientras el lobby nuclear español ha conseguido ponerle puertas al sol y detener los molinos cuando más sopla el viento, el sector del arte celebraba con champán hace apenas un mes la rebaja de su IVA, que ha pasado del 21% a uno más reducido del 10%. Entretanto, las pobres artes escénicas, la música y el cine se hunden irremediablemente en las catacumbas de la indigencia cultural, del amateurismo asociativo y autogestionario y de los donativos.

Si por unas horas nos sintiéramos extranjeros en nuestro propio país y escucháramos la música vigente ¿qué conclusiones extraeríamos? Estoy convencido de que la primera de ellas sería la ausencia de silencio; la segunda, la falta de gusto musical. La tercera adoptaría forma de pregunta: ¿dónde se puede escuchar la música actual de este país?

Acciones como la protagonizada recientemente por el compositor catalán Josep Soler al rechazar la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes otorgada por el Ministerio de Cultura son las que ponen de manifiesto que el mundo de la cultura no puede ni debe callar contra un gobierno que recorta y privatiza, que aplica el catecismo y la genuflexión en la educación, que relega la música a materia optativa en la enseñanza obligatoria, que considera la cultura un lujo a la que hay que aplicarle los impuestos más elevados y que desprecia públicamente su cine. La industria cultural supone en la actualidad el 3,5% del PIB (la música, el 0,49%), más de lo que aporta el sector subvencionado del automóvil.

Jugar con desventaja no ayudará a que músicos y artistas puedan vivir de su profesión y seguir creando, sin embargo, ellos no van a dejar de subir a los escenarios o de actuar en las calles (pese a que algunas alcaldesas populares intenten aplicar su mal gusto musical e impongan exámenes de idoneidad), porque ellos no van a dejar de expresar, de proponer y de decir todo aquello que necesitan expresar, proponer y decir, porque no existen impuestos, normas, decretos, ordenanzas, prohibiciones, ni leyes que puedan detener la gran marea de la creatividad y la irrefrenable necesidad de provocar nuevas experiencias estéticas que redundarán afortunada e inevitablemente en la formación del gusto y de la sensibilidad estética de los públicos.

 

Josep Lluís Galiana, Sul Ponticello, nº 3 – marzo 2014

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saxophonist ~ improviser ~ writer ~ editor

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